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La alegría abrumadora de perderse en el vasto mundo de Hollow Knight: Silksong
El jugador había estado recorriendo el hermoso y peligroso reino de Pharloom durante lo que parecía una eternidad. Las primeras horas ya eran un recuerdo borroso, tragado por una cadena interminable de descubrimientos que se negaba a dejar que la aventura se asentara en un ritmo cómodo. Cada vez que parecía que una esquina del mapa estaba por cerrarse, el mundo se abría como una geoda, revelando un laberinto resplandeciente que no había sido insinuado antes. La experiencia era agotadora, intelectualmente exigente y absolutamente embriagadora.
En una sesión típica, uno podía estar combatiendo en brutales encuentros opcionales que encanecían el cabello antes de tiempo, o dominando desafíos de plataformas que reconfiguraban décadas de memoria muscular con nuevas contorsiones del mando. Justo cuando una región quedaba completamente cartografiada —cada rincón explorado, cada pared sospechosa golpeada—, un tropiezo por un pasaje oculto desenterraría algo descomunal. Toda una nueva zona. Otra vez. Esto no era un truco guionizado; era el latido mismo de un Metroidvania llevado a su extremo más audaz. Una y otra vez, el jugador estaría convencido de estar cerrando cabos sueltos, solo para encontrarse lanzado mucho más allá de los límites imaginados del mapa. Un encuentro fortuito con la cartógrafa Shakra, o el descubrimiento de alguna antigua representación en ruinas, sería la única prueba de que ese nuevo dominio podía ser cartografiado en absoluto.
La escala descomunal de
Hollow Knight: Silksong
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